¡Dios santísimo!
Salma Hayek es reconocida por su trabajo en Cairo.
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LAST UPDATE: Saturday November 21, 2009 05:15AM

"Creo que nos vamos a quedar a vivir un buen tiempo", dice Casildo Olnés, junto a Alma Garay y su hijo en el hospital Tulane-Lakeside en julio. "Además, el niño nació aquí".
JENSEN LARSON
ADIÓS AL PASADO
Feliz de estar en casa con su hijo John Steven, nacido el pasado 2 de julio en el hospital Tulane-Lakeside de Metairie, Alma Garay lo arrulla en sus brazos. Sin embargo, esta experiencia le trae recuerdos agridulces a esta madre de 31 años, quien no ve a sus otros tres hijos, que están en Honduras, desde que emigró a Estados Unidos hace unos tres años. “Los extraño mucho y despedirme de ellos fue muy duro, pero les dije que mamá se tenía que ir a trabajar lejos para mandarles dinero”, recuerda.
Una decisión difícil. Ahora César, de 11 años, Alma, de 9, y Alejandra, de 3, viven con los padres de Garay en una ciudad llamada, irónicamente, El Progreso, en Honduras. Allí, con su salario como costurera en una fábrica, Garay tenía que mantener a sus tres hijos y ayudar a sus padres y hermanos menores. “Era una carga muy pesada”, admite. “Mi padre estaba incapacitado y mi madre lavaba y planchaba, pero con lo que ganaba no alcanzaba”.
Aunque le duele no verlos, Garay no expondría a sus hijos a los peligros de emigrar a suelo americano guiados por un “coyote”, como lo hacen muchos de sus compatriotas.
Al dejar Honduras, Garay huía del maltrato de su ex pareja, un drogadicto que solía golpearla. “Me decía que me quería y que yo era la mujer de su vida, pero la última vez me dejó llena de moretones y ensangrentada”, confiesa. “También le pegó a mi hijo César y ya no pude más”. Afortunadamente, su actual compañero, Casildo Olnés, de 22 años, quien trabaja en construcción, es tierno y solidario. “Gracias a Dios es una maravilla de hombre”, dice Garay. Lo conoció en Luisiana, donde ella demolía viviendas en ruinas. Acostumbrados al “trabajo pesado”, ambos llegaron de Honduras —por vías diferentes— inicialmente a Miami, pero no encontraron trabajos duraderos en la Ciudad del Sol. Aunque ella vivió allí alrededor de un año y él, tres, sus senderos no se cruzaron hasta llegar a Nueva Orleans, donde han plantado bandera.
En su hogar de Luisiana, la madre mima a su recién nacido, enterrando los fantasmas del pasado, y no pierde la esperanza de reunir a sus hijos. Contemplando a John Steven, confiesa: “Algún día conocerán a su nuevo hermanito”.